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Paz y naturaleza, calas recónditas y solitarias, agricultura en estado puro y herencia de un pasado libre.
Sant Joan es el municipio de la isla con menor número de habitantes, tan sólo 4.500, que viven en casas diseminadas por el campo, especialmente en Sant Llorenç y Sant Miquel, las zonas más ricas en agricultura.
Pero además, el norte de la isla tiene los parajes naturales más agrestes, con espectaculares acantilados que han sido declarados Área Natural de Especial Interés (ANEI), ya que en sus ecosistemas conviven flora y fauna de gran valor ecológico.
En Sant Joan todavía existen amplias zonas aisladas de la masificación y en las que el viajero amante de la naturaleza y con el alma inquieta sentirá el reto de encontrar calas recónditas prácticamente vírgenes. En toda la zona solamente se han construido dos núcleos turísticos de dimensiones más amplias, que son el Port de Sant Miquel y Portinatx.
La construcción de las iglesias se considera el testimonio más valioso del desarrollo de los pueblos de la isla de Ibiza. A comienzos del siglo XVIII, en la comarca de espesos bosques de Sant Joan, el hacendado con más tierras era Antoni Marí, al que todos llamaban 'Milà'. Este hombre, consciente de la necesidad de aumentar la población en toda aquella zona, llego a la conclusión de que la mejor manera de conseguir que los campesinos se trasladaran a su territorio era construir una capilla, y así lo hizo.
Unos años más tarde, el arzobispo de Tarragona proyectó edificar una nueva iglesia en Balàfia, pero finalmente descartó ese emplazamiento y eligió Sant Joan, ya que era una zona más próxima a sa Cala de San Vicent, donde en el siglo XVIII ya había un importante núcleo de población que precisaba sus servicios.
Los habitantes de Sant Joan se negaron a construir otra iglesia que no estuviera en el mismo lugar que la pequeña capilla de Antoni Marí y, aunque esta opción no era la que más agradaba a las autoridades eclesiásticas, así se hizo finalmente. El nuevo templo quedó para siempre adherido a la capilla antigua.
La iglesia, dedicada a San Juan Bautista, terminó de construirse hacia 1770 y en 1785 el templo recibió el título parroquial. Como muestra de agradecimiento, según recuerda el sacerdote e historiador ibicenco Joan Marí Cardona, durante muchos años se reservó una oración para el fundador de la parroquia de Sant Joan, enclavada entonces en un paraje solitario y rodeada por montes de bosque.
El segundo gran acontecimiento en el desarrollo de Sant Joan, también conocido como Curtó de Balanzat, fue la Constitución de 1812, que confería rango de municipio a todo núcleo poblacional con más de 1.000 habitantes. De aquella fecha data el nacimiento del Ayuntamiento de Sant Joan, que entonces era una de las parroquias con mayor número de feligreses de toda la isla. Se sabe que en 1885 en torno a la iglesia había 12 casas, el Ayuntamiento, el cuartel de la Guardia Civil y las escuelas públicas donde vivían los maestros. Paradójicamente, en la actualidad, es el municipio más virgen y menos poblado.
En aquellos años, el pueblo de Sant Joan era también conocido en toda la isla por ser la localidad con más manantiales de agua dulce, entre ellos la fuente del canal de Benirrás. Su miel, además, se consideraba la mejor de Ibiza.
En una visita al centro del municipio podrá ver los dos edificios más emblemáticos: la pequeña casa consistorial, sede del gobierno del municipio, y la iglesia. No abandone Sant Joan sin visitar el estanco Can Vidal, el establecimiento con más solera del pueblo, que es a la vez papelería, y donde podrá encontrar casi cualquier cosa, incluidas las mejores hierbas ibicencas del pueblo.
Si quieren unirse a una fiesta tradicional, recuerden que el Pou de Labritja es punto de encuentro el domingo anterior a Santa María (5 de agosto). Allí, en un ambiente familiar y alegre, podrán conocer mejor las tradiciones del municipio, incluidos el baile payés -la ancestral danza folclórica de Ibiza que servía para cortejar y para celebrar todas las fiestas-, y las especialidades más caseras de su gastronomía.
Desde Sant Joan partía un antiguo camino que iba directo a Sant Miquel y que era el único sendero utilizado antes de que existieran las carreteras. Se tardaba hora y media en recorrer este trecho, el mismo tiempo que se necesitaba para ir desde Sant Joan a Sant Llorenç. |
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